¿Los jóvenes ya no beben vino? Igual deberíamos dejarles hablar
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Los jóvenes tienen la culpa de bastantes cosas. De estar siempre con el móvil, de no estar nunca cuando llamas y, ahora, de no beber suficiente vino. Lo siguiente será responsabilizarlos de la filoxera. Total, tampoco van a saber defenderse: no estaban allí.
En el mundo del vino llevamos un tiempo mirando a las nuevas generaciones con la inquietud de una madre que ha preparado comida para doce y acaba de descubrir que vienen tres. Hay bodegas, viñedos, inversiones, familias enteras pendientes de que alguien descorche una botella. La preocupación tiene motivos.
Según la Organización Internacional de la Viña y el Vino, el consumo mundial de vino cayó un 2,7 % en 2025, hasta unos 208 millones de hectolitros. El retroceso responde a presiones económicas y a cambios en los hábitos de consumo. El problema existe, por mucho que intentemos mirarlo al trasluz y decir que tiene un color precioso.
Ahora bien, entre reconocer que se bebe menos vino y anunciar que los jóvenes han decidido acabar con él hay unas cuantas copas de distancia.
Una generación entera no cabe en una copa
«Los jóvenes ya no beben» es una frase estupenda para empezar una discusión y bastante menos útil para entender lo que ocurre.
La investigación de IWSR publicada en febrero de 2026 describe diferencias importantes entre países y generaciones. La participación de los adultos de la generación Z en el consumo de alcohol se había acercado a la del conjunto de adultos en los quince mercados estudiados. Y, entre los miléniales franceses que bebían alcohol, había aumentado la proporción que había tomado vino en los seis meses anteriores.
Eso tampoco significa que todos estén comprando cajas de burdeos. Haber bebido alguna vez en seis meses no equivale a abrir vino cada fin de semana. Y beber alcohol no significa elegir vino.
Pero obliga a retirar esa cómoda caricatura de una juventud que solo bebe agua filtrada y nos contempla con desaprobación mientras pedimos otra copa.
Hay jóvenes que no beben. Otros beben menos. Otros están descubriendo el vino. Y algunos seguramente lo probarán más adelante, cuando tengan más dinero, otras costumbres o una mesa en la que quepan invitados.
El alquiler también participa en la cata
Nos encanta explicar el consumo mediante grandes cambios culturales. Queda mucho más elegante que hablar de lo que sobra en la cuenta corriente.
Sin embargo, el dinero importa. IWSR ha señalado la presión del coste de la vida y de los precios en bares y restaurantes como factores relevantes para entender el comportamiento de los consumidores jóvenes. También recuerda que la moderación atraviesa distintas edades.
Si una persona está haciendo malabares para pagar la habitación, quizá su distancia con el vino tenga menos que ver con una crisis de valores y más con la fianza.
Y hay otro asunto: pedir una botella que no conoces exige comprometer dinero. Si te gusta, estupendo. Si no, te quedan varias copas para reflexionar sobre tu decisión.
Por eso creo que las buenas ofertas por copas, las recomendaciones que respetan el presupuesto y las catas sin solemnidad pueden ayudar bastante. Probar debería resultar fácil. Equivocarse, relativamente barato.
A veces vendemos vino como si examináramos de él
Aquí nos toca mirarnos un poco a nosotros.
Alguien dice que le gusta un blanco fresquito y le respondemos preguntándole por la acidez, la crianza sobre lías y su relación personal con los suelos graníticos.
Solo quería tomar algo con unas aceitunas. Ahora está defendiendo una tesis.
El conocimiento del vino es fascinante. Yo vivo de él y sigo encontrando cosas que me sorprenden. Pero una cosa es compartir lo que sabes y otra colocar ese conocimiento delante de la puerta para que no entre nadie.
Decir «no sé de vinos» debería ser una buena manera de empezar una conversación. Sin disculparse.
Nadie necesita reconocer el sotobosque para disfrutar de una garnacha. Y si en una copa encuentras uvas en vez de recuerdos de una cómoda antigua, tampoco pasa nada. Bastante mérito tiene ya la cómoda por haber llegado hasta allí.
Cuidarse no es una ofensa al viticultor
También hay personas que deciden beber menos porque quieren cuidarse, dormir mejor o simplemente porque les apetece. Podemos respetarlo sin convocar una reunión de urgencia.
Me gusta el vino, tengo una tienda de vinos y me interesa que la gente lo disfrute. Mi conflicto de intereses se puede visitar en la calle Conde de Romanones.
Precisamente por eso, prefiero defenderlo desde el placer que da. Sin atribuirle virtudes médicas ni presentar cada botella como una obligación cultural.
Quien no quiere beber no nos debe una explicación. Quien sí quiere debería encontrar algo que merezca la pena.
Ahí tenemos trabajo.
Todavía queda muchísimo por descubrir
Me cuesta aceptar que el vino se haya vuelto aburrido. Quizá a veces lo contamos de una forma aburridísima, que es distinto.
Hay blancos salinos que te hacen pensar inmediatamente en qué vas a comer. Garnachas ligeras que agradecen un poco de fresco. Generosos cuyo aroma te obliga a volver a acercar la nariz. Espumosos que no necesitan esperar a que se case nadie.
Y detrás hay personas tomando decisiones: qué plantar, cuándo vendimiar, qué conservar de lo que hicieron sus padres y qué cambiar aunque sus padres se enfaden.
Todo eso cabe en una botella. Luego la abres con una tortilla de patatas y tres amigos y la conversación acaba donde le da la gana. Tampoco hace falta dedicar toda la cena a comentar el vino. Él suele soportarlo bastante bien.
Para mí, ahí está buena parte de su atractivo: en lo que aporta a una mesa sin tener que convertirse siempre en el protagonista.
Menos sermones y mejores copas
La caída del consumo preocupa porque detrás de las cifras hay trabajo, pueblos y viñedos cuya continuidad está en juego. Sería absurdo quitarle importancia.
Pero no creo que vayamos a resolverla regañando a quienes todavía no se han acercado al vino. Ni esperando que hereden nuestros gustos por obediencia.
Podemos escuchar más, recomendar mejor y dejar que alguien prefiera un rosado aunque nosotros tengamos preparado un discurso magnífico sobre otro vino. Ya encontraremos a quién soltárselo. En este sector nunca falta un voluntario.
En Madrid & Darracott queremos que puedas entrar, decir lo que te gusta, lo que no y cuánto quieres gastar. A partir de ahí, buscar una botella que te apetezca abrir. Si además quieres conocer su historia, nos encantará contártela.
El futuro del vino dependerá, en parte, de que siga dando curiosidad. De ese pequeño momento en que pruebas algo, vuelves a mirar la copa y dices: «Anda. Pues esto».
Para llegar hasta ahí no hace falta saber de vino.
El sacacorchos, en cambio, suele venir bien.
¿Te apetece probar?
Puedes ver nuestras catas y reservar o consultar las próximas degustaciones y actividades. Si venís en grupo, cuéntanos qué tenéis en mente y organizamos una degustación privada.